
Siempre he apostado por los servicios públicos frente a los privados, por cuestión de principios. Hasta que las circunstancias me han aconsejado lo contrario.
Por ejemplo, en el terreno de la educación. La escuela pública me ha ofertado una buena enseñanza para mi hijo, hasta que llegó el momento de necesitar otros servicios y tuve que acudir a la enseñanza privada.
Y en el aspecto sanitario, siempre he estado acogida al régimen de la Seguridad Social. Mi historia clínica es como aquel Libro Gordo de Petete que salía en la televisión, por lo voluminosa y lo instructiva que puede resultar para cualquier facultativo que empieza en el apasionante mundo de la medicina. Arranca desde la edad de tres años en que padecí el virus de la poliomielitis. Allí aparecen fotos, gráficas, informes... intervenciones quirúrgicas, sesiones de rehabilitación, pruebas diagnósticas... todo el proceso dejado, finalmente, en manos del paciente. A mi criterio, he acudido al médico cuando he creído conveniente y necesario. Jamás se me ha sugerido revisión periódica para hacer un seguimiento de la evolución de la enfermedad. Y como yo, hemos estado todos los afectados de la polio que, con la erradicación de la enfermedad en España, fue decayendo su interés médico-científico. En ese desamparo, y en todo este tiempo, apenas he necesitado visitar la consulta de un médico y cuando, en algún momento, he estado aquejada de alguna dolencia, he llegado a escuchar en más de una ocasión que todo era consecuencia de la polio y ante eso, pues... que no se podía hacer nada y que tampoco era conveniente abusar de calmantes... Así que también apenas me he medicado.
Pero en todo este tiempo, he tenido que acudir a mi Centro de Salud, o al Centro de Especialidades o al Hospital. Allí me han atendido todos los médicos que he necesitado, todos centralizados en esos centros, todos accesibles.
Cuando comencé con un pinzamiento ciático, hace ahora más de un año, comencé también la peregrinación de consultas y nuevas pruebas. Como quiera que la demora en las citas supone meses de espera entre prueba y contestación de la misma en consulta, busqué y me pateé las consultas privadas de todos aquellos médicos que estimé. En una de ellas he encontrado un médico que se atreve a operarme. Y como quiera, también, que mi mutua médica me ofrece la posibilidad de escoger entre la sanidad pública o privada, me he cambiado a la sanidad privada.
Ahora debo encontrar médicos cuyas consultas estén accesibles, que no es fácil. Llamar, preguntar, investigar... como se me ha dado el caso, para elegir mi médico de familia que deberá seguir firmándome los partes de baja y recetándome la medicación.
Con respecto a las consultas privadas, además de ser costosas, suelen estar situadas en casas antiguas con ascensores estrechos, portales con escalones y escaleras insalvables. No entiendo que la consulta de los traumatólogos puedan tener barreras arquitectónicas y que una paciente como yo necesite ir acompañada de cuatro personas (tres chicos fuertes para subir la silla, conmigo, por las escaleras, y una fémina que entre en la consulta para ayudarme en lo que necesite durante el reconocimiento).
En estos momentos valoro la celeridad de la privada y haber encontrado un médico experto en el que he depositado mi total confianza.
Procedencia de la imagen.



