Soy un mar de contradicciones un pozo de inseguridad la antítesis del equilibrio una farsante peligrosa de mi propiaexistencia una buscadora de esperanza aferrada a un amor imposible.
No siempre necesito un hecho desencadenante, una gota que colme un vaso... A veces sólo hace falta que se dé el cúmulo de circunstancias en sí mismo, sin ninguna adhesión más y que se haga consciente en tu cerebro para que la realidad te asalte en toda su crudeza.
La ilusión es la chispa de la vida y que se quite la Coca-cola. Y hay días en que esa ilusión se marcha, además, tú la ves marchar, aún sabiendo que no tardará en volver, porque tú eres su hogar.
Hoy se me ha ido la ilusión, la he visto alejarse corriendo como un niño corre tras otro en frenético juego del pilla-pilla.
Me siento mal e irradio mal, contagio mi estado como un virus maligno, como una carcoma terrible, y decido poner a salvo a mi gente, pero no puedo parar esta epidemia.
Se me ha ido la ilusión la he visto perderse en el bosque galopando entre los árboles y me ha dicho adiós con la mano en una despedida incierta, que sé pasajera, Y me ha dejado un rictus en la cara, y los labios secos como mi boca, como el esparto seco. Y mi lengua áspera a penas puede pronunciar un nombre, que mis sentidos no quieren recordar. Y mis lágrimas recorren un camino tras la ilusión perdida hacia la apatía y la desilusión.
Es un buen refugio cuando nuestras facultades no están ocupadas en otros menesteres que la enturbian y desvían su atención hacia un infinito, que nunca llegaremos a comprender.
En este tiempo he aprendido a abrir el cofre de las emociones para compartirlas. He aprendido a desnudar mi corazón maltrecho, sin miedo a que me hieran. A pronunciar palabras que encierran amor. A decir "te quiero" sin sopesar las consecunecias.
Esto es una de las mejores cosas que me han pasado en este tiempo en el que Hades me ha sometido a una dura prueba, que ya dura demasiado, y en la que me ha dejado el corazón en carne viva, como cantaba Raphael (aunque no por un amor perdido).
Ahora amo más a la vida, a la gente que puebla mi pequeño universo. Valoro más cada gesto, cada palabra... siento más el amor. Tal vez me he vuelto más ñoña, y puede que vaya camino de convertirme en una vieja chocha, pero con un mundo interior repleto de armonía: ese es mi objetivo más inmediato.
Ahora estoy aprendiendo una lección que nos da el taoísmo, a ver lo bueno que hay en lo malo y lo malo que hay en lo bueno, ambos son la misma cosa.
Sal de aquí por favor, no me mires así, ahora quiero estar sola. Esta es mi voluntad ya no me harás dudar, no, de mi persona. Ya no quiero saber si me vas a condenar por buscar mi destino. Y si el día en el que marché me vas a enredar como siempre pa' que no haga canmino. Ay de mi primavera quien me devolviera lo que yo era, lo que yo era, lo que yo era, ay .... Lento, para encontrar un nuevo camino lento, lento, lento como yo. Mi futuro es mentira, el pasado me pesa y me sobra, si por el miedo ahora callo yo sé que me arde la boca y no debo callar porque voy buscando un camino lento, yo voy bucando un camino lento, yo voy buscando, buscándote, buscándome y buscándote en el ... -Estribillo-
Preciosa canción de Concha Buika. Sólo que hoy no me apetece estar sola.
De vez en cuando la vida nos sorprende gratamente. Y esos momentos son los asideros de los rocódromos, por donde nos empeñamos en subir o nos vemos forzados a subir. ¡Benditos e importantes asideros!
Esta tarde me he emocionado leyendo la entrada de Atenea, Flores para vosotr@s. Me ha resultado de una generosidad y sensibilidad inmensas. Y desde aquí le doy las gracias por sus palabras con respecto a mí.
La vida nos sorprende cuando conocemos a personas que, probablemente jamás lleguemos a ver físicamente, pero que sí llegamos a palparlas casi con las manos a través de la pantalla del ordenador, e intuimos y compartimos sentimientos, impresiones, experiencias... Y eso es lo que nos acerca y nos une. Quizás la virtualidad nos ofrece esa posibilidad de desnudar el alma sin pudor alguno ante desconocid@s, que llegamos a conocer muy a fondo.
Escribir me libera de la presión de la vida, escribir de forma automática, espontánea, libre... He cambiado mi cuaderno por los blogs, y me alegro de ello. Se lo recomiendo a cualquiera que desee experimentar esta sensación de libertad, de terapia... donde no cae en saco roto lo que expresas. Siempre hay alguien que te lee, comente o no, y que puede obtener algo de estas palabras, aunque sea simplemente distracción.
Hasta ahora yo me había sentido como en esa estrofa que canta Serrat: De vez en cuando la vida/ nos gasta una broma/ y nos despertamos/ sin saber qué pasa,/ chupando un palo sentados/ sobre una calabaza. Me desperté de un bonito sueño de princesas y me tropecé con mi realidad. Había llevado una vida normalizada y, de pronto, el destino quiso parar ese sueño. Ha sido una estrofa que me ha martilleado las sienes en este tiempo, llenándome de nostalgia por lo que ya no es, por lo que se fue, por lo que perdí.
Hoy me doy cuenta que en esta nueva etapa de mi vida también he ganado mucho en calidad (y no de vida precisamente, buf!), en calidad humana. Me siento mejor persona (aunque siempre he sido buena gente, jaja) y he conocido mejores personas aún. En estos momentos os ofrezco esta otra estrofa: De vez en cuando la vida/ afina con el pincel:/ se nos eriza la piel/ y faltan palabras/ para nombrar lo que ofrece/ a los que saben usarla.
Amo tanto la vida que, cuando me siento perdida, me aferro a ti. Amo tanto la vida que, a pesar de los obstáculos, salto el foso de la desesperación. Amo tanto la vida que, aún estando nublado, veo el sol en tus ojos. Amo tanto la vida que la sonrisa de los que amo ilumina mi camino incierto. Y es que ¡amo tanto la vida...!
He leído el post Mi tarde a solas del blog Este es mi mundo, donde nos narra y propone la necesidad de pasar un día "a su aire, sin que nadie le diga nada", un día o momentos de soledad escogida, donde campear con total libertad de criterio y de movimiento. Esto, que a simple vista es algo habitual en cualquier persona que decide salir sola una tarde de compras, como es el caso que se nos narra, para una persona dependiente supone un acto de valentía y de libertad soñada. Requiere, no sólo armarse de valor, sino además de toda una organización: si puedes salir sola de tu domicilio, qué transporte vas a utilizar, dónde y cómo te apearás; si vas a seguir una pequeña ruta por determinadas calles o aceras, saber cómo están hecho los rebajes de los bordillos en los pasos de peatones, si tienen ese pequeño escalón insalvable para un silla, si las tiendas donde decides comprar tienen un acceso fácil, si el probador es amplio, si hay algunos servicios adaptados cerca, y un largo etcétera de pequeños detalles.
Este fin de semana he salido acompañada de mi familia y, cada vez estoy más contenta con mi scooter por el hecho de independencia y libertad que me otorga. No necesito que nadie tenga que estar todo el día empujando mi silla, ni tener que indicarle cuándo quiero que pare o avance, o por dónde me apetece tirar, ni hacia dónde quiero mirar. Yo conduzco = yo decido. Esta fórmula ya me encantó cuando, con dieciocho años de edad obtuve el carné de conducir y un año más tarde ya tenía mi primer vehículo. Ahora lo he vuelto a sopesar en unas condiciones más dependientes aún y el valor que ha adquirido dicha fórmula se ha multiplicado por 100 con el factor t de tiempo (que me perdonen mis colegas matemáticos por esta ecuación absurda).
El paso de salir sola todavía está muy lejos para mí, primero tendré que solucionar la inseguridad que me genera esta nueva situación mía para, después, resolver todos los aspectos técnicos que os comentaba al principio.
Suplo los momentos de soledad consentida y deseada, en la que el disfrute se impone y a la que jamás renunciaré, con instantes en mi cama, frente a mi ordenador potátil, o mi cuaderno donde escribo todo lo que me pasa por la cabeza y el alma, o mi libro-de-mesita-de-noche. No es la soledad lacrimógena de la pena negra, de pobrecita de mí que nadie me vea... sino la de construirme por dentro, o reconstruirme.
Se me viene a la cabeza, ya sabéis que yo pienso con música guardada en mi subconsciente, aquella canción de George Moustaki, Ma Solitude, que nos ponía nuestra profesora de francés para que practicásemos nuestra deficiente pronunciación. No lo consiguió, pero sí que yo conociese a este sin par alejandrino y, desde entonces, me enamorase de sus hemistiquios.
Es momento de pedir deseos, de soñar, de tener esperanzas y buenos propósitos. En el terreno de los deseos tengo uno muy claro: "deseo que termine este año cuanto antes y se vaya el mal fario". Cierro los ojos y repito "ojalá, ojalá..."
Ojalá Hades se refugie en su inframundo, y se olvide de mí. Y me deje realizar mi destino: la eterna primavera. Que una madre agradecida de recuperar a su hija siembre de flores la tierra.
...Y deje de comer granadas que me exhoneren del pacto nupcial. No, Hades, renuncio a ti.
Ojalá alguien pague mi rescate y me libere, me salve...
Demeter, deja de llorar, el próximo año prometo estar junto a ti.
(Canto la canción de Silvio Rodríguez a voz en grito, con mucho sentimiento)
A veces la mente asocia canciones a sentimientos y emociones. Yo tengo algunas canciones que me vienen a la memoria asociadas a acontecimientos, momentos vividos o lugares transitados. Creo que he desperdiciado esta capacidad, debería haberme dedicado al cine o a la publicidad. Pensar con música... quizás no le ocurra a mucha gente.
Esta tarde me ha rondado la cabeza aquella canción que cantaba la Niña Pastori, cuyo estribillo decía: "qué pena que se acabara/ qué pena, por la manera/ qué pena, que pase el tiempo/ y me siga dando pena". Siento pena en el pecho, que me oprime y reprime lágrimas desde el corazón, desde lo profundo.
Me está costando mucho cerrar página, entrar en una nueva fase de mi existencia. Sé que debo superar este momento de crisis para renacer de nuevo en otro espacio, en otros tiempos, con otras perspectivas y proyectos ilusionantes.
Hoy he constatado que nadie es imprescindible, que yo ya no soy imprescindible. Y esta es una certeza muy dura. Sin embargo, después de un año, aún me echan de menos, me añoran... lo he visto en sus caras, lo he presenciado, me lo han repetido hasta la saciedad, con ojos húmedos, con miradas furtivas. También he visto la pena en sus rostros. Yo he cantado villancicos, he reído y compartido su merienda en un estado extraño, sabiendo que ya no me pertenecía sus confidencias laborales de las que me han hecho partícipes. Ya no eran mis compañeras, ya no era mi lugar de trabajo. Otra persona ocupaba mi puesto, pisaba mi espacio, hablaba de lo que yo debiera haber hablado, sólo que ella no conocía la singularidad, la historia de lo que allí ha pasado, lo que hemos vivido, lo que hemos luchado, le faltaba esa complicidad con el resto, por unos minutos la he desbancado, sin querer, de forma insconciente.
Hoy he sentido tanta pena... Debemos prepararnos para la jubilación, pero de forma gradual, que se vaya haciendo el cuerpo poco a poco, no bruscamente, de un día para otro. No siento aún el júbilo que supone haber soltado un lastre pesado de responsabilidad, de obligación, sino todo lo contrario: pena, qué pena, qué desperdicio, qué desaprovechamiento, qué inversión humana tirada por la borda, tantos años de preparación , de formación... y ahora todo se acabó y el cómo se acabó, sin darme tiempo a recoger mis cosas porque pensaba volver al día siguiente, sin darme tiempo a despedirme, a finalizar mi trabajo, sin darme tiempo...
Hoy he regresado, para cerrar un capítulo, y he sentido y presentido mucha pena.
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Mariposa de otoño
La mariposa volotea y arde —con el sol— a veces.
Mancha volante y llamarada, ahora se queda parada sobre una hoja que la mece.
Me decían: —No tienes nada. No estás enfermo. Te parece.
Yo tampoco decía nada. Y pasó el tiempo de las mieses.
Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte. Y hasta de mi alma caen hojas.
Me decían: —No tienes nada. No estás enfermo. Te parece.
Era la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece.
Todo se va en la vida, amigos. Se va o perece.
Se va la mano que te induce. Se va o perece.
Se va la rosa que desates. También la boca que te bese.
El agua, la sombra y el vaso. Se va o perece.
Pasó la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece.
Su lengua tibia me rodea. También me dice: —Te parece.