Te has marchado mientras dormía, como queriendo hacerlo más llevadero para todos, sin despedida. Soñando con unas próximas vacaciones en la playa, esa que habías descubierto en Fuengirola. Organizando llevar un cuidador para que descanse Nuria y se agote menos. Agradeciendo a Javi y a Miriam, todas sus atenciones y su amistad sincera. Soñando con niños que te hacían sentir normal y te devolvían a un mundo diferente. Pensando en nuevos consejos y sugerencias que aportar en tu blog, siempre al servicio de los enfermos de ELA. Pero sobre todo, soñando, pensando, sintiendo... tu apoyo, sostén y cariño durante todos estos años, desde que te diagnosticaron tan terrible y despiadada enfermedad, tu compañera, tu amor: Nuria.
Te has marchado mientras dormía... Hasta siempre, Raúl. Descansa en paz.
La noche presagió un frío de cuchillo. El dolor y el insomnio abocaba hacia la agonía que presentía mi cuerpo, al que se aliaban las inclemencias del tiempo. La cama se convirtió en un campo de batalla desierto, donde el llanto del amanecer iniciaba el duelo.
Esta mañana ha sido de esos días nublados y lluviosos que hubiese preferido saltar, hacer un puente, no festivo, sino de inexistencia, un día borrado del calendario, y amanecer mañana en otro día con otros pesares diferentes.
Hace año y medio, cuando empezó mi calvario, se unió a él un hermano de mi marido, sólo que en su caso se trataba de una terrible enfermedad que, al parecer, hacía tiempo que le estaba devorando sin ser consciente de ello. Ambos hemos atravesado diferentes frentes del dolor, intervenciones, doctores, doctores, doctores... Cuando mi familia "política" (me suena fatal, pero es para que lo entendáis) organizaba una visita, desgraciadamente, no turística, nos visitaban a ambos el mismo día. A mi familia y a mí, lo único que nos separa son los kilómetros, pero nos une el cariño que nos tenemos. Hablo de una familia numerosa de diez hermanos, al que le han restado uno. Un hombre fuerte, como sólo los hombres del campo saben serlo, noble, sencillo y con un corazón que le hacía derramar lágrimas de emoción en cada acontecimiento cotidiano, que no las reprimía, sino que las compartía en su expresión del sentimiento, generoso hasta en eso. Vino a visitarme en varias ocasiones, para darme ánimos, y cada vez me impactó más su deterioro, que anunciaba este desenlace.
Por las circunstancias, he tenido que convertirme en la portadora de la fatídica noticia. Mis ojos, secos se han desbordado cuando se lo he tenido que comunicar a mi marido, como si ellos estuvieran esperando ese momento de consuelo.
A veces una va al gimnasio, que no es mi caso, y aumenta el peso en la barra de abdominales, por ejemplo, y te sobrepasa. Hoy he doblado el peso. La pena me ha aplastado. Necesito algo que me de una tregua en mi vida.
A veces la mente asocia canciones a sentimientos y emociones. Yo tengo algunas canciones que me vienen a la memoria asociadas a acontecimientos, momentos vividos o lugares transitados. Creo que he desperdiciado esta capacidad, debería haberme dedicado al cine o a la publicidad. Pensar con música... quizás no le ocurra a mucha gente.
Esta tarde me ha rondado la cabeza aquella canción que cantaba la Niña Pastori, cuyo estribillo decía: "qué pena que se acabara/ qué pena, por la manera/ qué pena, que pase el tiempo/ y me siga dando pena". Siento pena en el pecho, que me oprime y reprime lágrimas desde el corazón, desde lo profundo.
Me está costando mucho cerrar página, entrar en una nueva fase de mi existencia. Sé que debo superar este momento de crisis para renacer de nuevo en otro espacio, en otros tiempos, con otras perspectivas y proyectos ilusionantes.
Hoy he constatado que nadie es imprescindible, que yo ya no soy imprescindible. Y esta es una certeza muy dura. Sin embargo, después de un año, aún me echan de menos, me añoran... lo he visto en sus caras, lo he presenciado, me lo han repetido hasta la saciedad, con ojos húmedos, con miradas furtivas. También he visto la pena en sus rostros. Yo he cantado villancicos, he reído y compartido su merienda en un estado extraño, sabiendo que ya no me pertenecía sus confidencias laborales de las que me han hecho partícipes. Ya no eran mis compañeras, ya no era mi lugar de trabajo. Otra persona ocupaba mi puesto, pisaba mi espacio, hablaba de lo que yo debiera haber hablado, sólo que ella no conocía la singularidad, la historia de lo que allí ha pasado, lo que hemos vivido, lo que hemos luchado, le faltaba esa complicidad con el resto, por unos minutos la he desbancado, sin querer, de forma insconciente.
Hoy he sentido tanta pena... Debemos prepararnos para la jubilación, pero de forma gradual, que se vaya haciendo el cuerpo poco a poco, no bruscamente, de un día para otro. No siento aún el júbilo que supone haber soltado un lastre pesado de responsabilidad, de obligación, sino todo lo contrario: pena, qué pena, qué desperdicio, qué desaprovechamiento, qué inversión humana tirada por la borda, tantos años de preparación , de formación... y ahora todo se acabó y el cómo se acabó, sin darme tiempo a recoger mis cosas porque pensaba volver al día siguiente, sin darme tiempo a despedirme, a finalizar mi trabajo, sin darme tiempo...
Hoy he regresado, para cerrar un capítulo, y he sentido y presentido mucha pena.
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Hace 12 años
Mariposa de otoño
La mariposa volotea y arde —con el sol— a veces.
Mancha volante y llamarada, ahora se queda parada sobre una hoja que la mece.
Me decían: —No tienes nada. No estás enfermo. Te parece.
Yo tampoco decía nada. Y pasó el tiempo de las mieses.
Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte. Y hasta de mi alma caen hojas.
Me decían: —No tienes nada. No estás enfermo. Te parece.
Era la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece.
Todo se va en la vida, amigos. Se va o perece.
Se va la mano que te induce. Se va o perece.
Se va la rosa que desates. También la boca que te bese.
El agua, la sombra y el vaso. Se va o perece.
Pasó la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece.
Su lengua tibia me rodea. También me dice: —Te parece.