Me acompañan en esta travesía

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domingo, 14 de noviembre de 2010

Soñando primaveras


He luchado este tiempo entre abandonar definitivamente este blog, que ya no me reporta ninguna satisfacción, o eliminarlo. Esta última opción la descarté al observar el número considerable de visitas que posee, aún sin actualizarlo periódicamente. Así que la cosa se reducía hacia el abandono. Y, efectivamente lo he tenido abandonado durante cierto tiempo, con una despedida velada en la entrada anterior.

Hades se ha portado muy mal conmigo, no me dejaba salir al mundo y anunciar mi primavera. En un celo extremo, me raptó y secuestró, me hundió en el inframundo. Durante mi estancia en Érebo, he visitado el Tártaro, donde he conocido toda clase de tormentos: el miedo, la pena, la angustia, el dolor, la impotencia, la soledad, la incomprensión, el desprecio, la indiferencia, el abandono... Los dioses se olvidaron de mí. Quizás mi rescate tenía un precio muy alto, demasiado alto para ser una proscrita. Quizás la alambrada, demasiado alta como para saltarla sin ayuda.

Pero el Olimpo es de todos, y yo quiero regresar, a pesar del tiempo transcurrido. Recoger margaritas en el campo, acariciar la hierba, apenas sentir su cosquilleo... mientras vuelan mariposas, que inundan todo de color, soñando primaveras.

martes, 6 de abril de 2010

Estrenar de nuevo con las sombras de Hefesto


El sábado estrené de nuevo mi scooter. No lo cogía desde antes de la operación y, desde entonces hasta ahora, cuando he salido he utilizado la silla de ruedas manual (no tengo eléctrica), por no darle movimiento a la espalda. Me sentí de nuevo independiente después de mucho tiempo, aunque a las cinco de la tarde ya estaba muy cansada y tuve que volver rápidamente a mi casa.

También estrené mi cámara de fotos (que me vuelvo loquita con ella), disparando aquí y allá como los fotógrafos profesionales, para luego descartar y quedarme con las mejores. Me encanta capturar momentos, instantes irrepetibles (el presente es tan efímero...), luces que ya no volverán a posarse de nuevo de la misma forma en que lo hizo ni iluminar de la misma manera.

Pero lo más importante es que estrené de nuevo una sonrisa bajo el sol. Sin embargo, no era esa mi sonrisa, ni mi mirada. Me sentía extraña. Me veía desde fuera, como en esos sueños en que nos vemos a nosotros mismos como personajes en manos de un narrador que, curiosamente, seguimos siendo nosotros.

Estrenar de nuevo, volver a estrenar como la primera vez. Porque a veces, se abre un abismo entre las distintas etapas de nuestras vidas y, entonces, es posible estrenar como la primera vez algo que ya había sido estrenado.

Desde esa tarde, los dioses se han cobrado el tributo que debo pagar por un instante de felicidad. Y esta circunstancia me entristece sobremanera. Son tan injustos... No sólo es Hades el que me infringe sufrimiento, que ha conseguido arrastrarme durante estos días, aportándome tristeza, también Hefesto me transmite su fuego que me abrasa mi pierna incandescente.

Creo que Hefesto me tiene envidia y celos (ha salido a su madre, Hera, mi tía), y de ahí, su sed de venganza. Él, tan feo y tan cojo; y yo, tan bella y perfecta... Él, arrojado al mar por su madre; yo, criada entre algodones. Pero la inquina que le tengo a mi primo no es porque sea feo y cojo, sino porque intentó violar a mi hermana Atenea, y eso no se lo perdono. Además, también la mortifica con su fuego, el muy cabr...

miércoles, 24 de marzo de 2010

Sin tregua

La noche presagió un frío de cuchillo. El dolor y el insomnio abocaba hacia la agonía que presentía mi cuerpo, al que se aliaban las inclemencias del tiempo. La cama se convirtió en un campo de batalla desierto, donde el llanto del amanecer iniciaba el duelo.

Esta mañana ha sido de esos días nublados y lluviosos que hubiese preferido saltar, hacer un puente, no festivo, sino de inexistencia, un día borrado del calendario, y amanecer mañana en otro día con otros pesares diferentes.

Hace año y medio, cuando empezó mi calvario, se unió a él un hermano de mi marido, sólo que en su caso se trataba de una terrible enfermedad que, al parecer, hacía tiempo que le estaba devorando sin ser consciente de ello. Ambos hemos atravesado diferentes frentes del dolor, intervenciones, doctores, doctores, doctores... Cuando mi familia "política" (me suena fatal, pero es para que lo entendáis) organizaba una visita, desgraciadamente, no turística, nos visitaban a ambos el mismo día. A mi familia y a mí, lo único que nos separa son los kilómetros, pero nos une el cariño que nos tenemos. Hablo de una familia numerosa de diez hermanos, al que le han restado uno. Un hombre fuerte, como sólo los hombres del campo saben serlo, noble, sencillo y con un corazón que le hacía derramar lágrimas de emoción en cada acontecimiento cotidiano, que no las reprimía, sino que las compartía en su expresión del sentimiento, generoso hasta en eso. Vino a visitarme en varias ocasiones, para darme ánimos, y cada vez me impactó más su deterioro, que anunciaba este desenlace.

Por las circunstancias, he tenido que convertirme en la portadora de la fatídica noticia. Mis ojos, secos se han desbordado cuando se lo he tenido que comunicar a mi marido, como si ellos estuvieran esperando ese momento de consuelo.

A veces una va al gimnasio, que no es mi caso, y aumenta el peso en la barra de abdominales, por ejemplo, y te sobrepasa. Hoy he doblado el peso. La pena me ha aplastado. Necesito algo que me de una tregua en mi vida.

Descanse en paz.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Días blancos, noches en blanco

Ya han pasado los días blancos, níveos, donde el frío exterior se aliaba al que sentía dentro. Días de paredes blancas y miradas blancas, cristalinas, con adormecidos reflejos de Morfeo, de pasar noches en blanco... donde sólo los ramos de rosas rojas llenaban de color la habitación.

Después vinieron días de fuego, de dolor consciente, desgarrador. En los cuáles he sentido compasión. Ese sentimiento que ha estado prohibido y no consentido, desde mi infancia: la compasión es mala, no es un sentimiento positivo. Pues yo, en estos días, me he recreado en la compasión. Me he compadecido de mí misma hasta las lágrimas.

En la escuela nos enseñaron a dedicar el sufrimiento y el dolor a los negritos y a los chinitos, como cuando no querías comer. Yo me imaginaba siempre a esos niños desdichados con las caras sonrientes de las cabezas-huchas del Domund. Y cualquier sacrificio era poco por creer aportar felicidad a aquellos lejanos niños.

En esta ocasión, el sufrimiento no tenía mucho sentido. Si al menos me hubiese servido para aliviar el dolor de los damnificados y víctimas de los terremotos e inundaciones que han asolado la Tierra en estos días...

Me he compadecido a mí misma por sumar dolor + dolor (=desesperación). Pero la compasión más sangrante ha sido por los que me han rodeado y arropado (y lo siguen haciendo). Por mi hermana, mi ángel de la guarda, que ha velado junto a mi cabecera día y noche, conociendo mis gestos y anticipándose a mis necesidades, como si fuera la parte consciente de mi cerebro. Por mis padres que, a pesar de sus avanzadas edades, han hecho un esfuerzo de titanes. Por mi hijo, dedicándome y sacrificando su tiempo; y mi marido, por su apoyo, haciéndose cargo además de todo lo que le he delegado. Por mi cuñado, el eficaz e inestimable masajista, fisioterapeuta... Por toda mi familia, en general, y amigos que han sufrido por mí... Compasión y ternura cuando he contemplado sus rostros.

Más adelante han ido llegando los días de colores, de ir viendo el avance y la recuperación de mi yo. Ahora ya llevo tres días levantándome de la cama, durante algunas horas, y paseando en mi silla. Hace dos días que tomo el sol un ratito y renuevo mi energía para afrontar el día siguiente.

Cada día veo más cerca el final de esta estancia en el Hades. Ya respiro a primavera.

Te regalo un sueño, tú decides cuál