Es sano enfrentarse a los miedos, analizarlos, desmenuzarlos... Podemos diseccionarlos y, en ese conjunto de pequeños trocitos, minimizamos cada fragmento, tiñéndolo de otro color, otro olor, de otra melodía. De manera que transformamos los miedos en algo llevadero, hasta que llega el momento en que dejaron de afectarnos.
Ha llegado la hora de proyectar imágenes positivas, de tomar conciencia, de sentirse presente, de dar, de hacer uso de la bondad. Si somos capaces de desterrar el miedo y la ira, tendremos la solución a todos los problemas, evitaremos el sufrimiento que nos provocan las emociones perjudiciales.
Esta noche he estado sin películas, sin tele. Yo nunca he sido una cinéfila de pro, con pasión desmedida por el cine y las películas de la tele, aunque he visto todas las que he podido y más. Pero ahora, me sobran las películas, no quiero historias, me basta con la mía, pesa tanto... que a veces se me escapa por los pliegues de la piel y me sobresalta la necesidad imperiosa de escribir y expresar lo que bulle en el puchero.
Esta tarde escribí una entrada que no he sido capaz de publicar. Me di un tiempo, una ducha y un espacio, para purificar mi alma. Aquí me tenéis de nuevo, vestida de calor -el portátil no es un ordenador bueno para soportar agosto- en la cama y con el portátil en el pecho, para que esté más cerca del corazón, y esperando que venga el sueño.
Os dejo este vídeo, es el tipo de música que he estado escuchando mientras escribía. Me gusta mucho este grupo.
Me muevo con pies de plomo, despacio, asentando la planta con inseguridad. A veces con titubeo, poco a poco, con recelo... mirando hacia todos lados como presintiendo el enemigo cerca o dentro de mí misma. Cuando pienso y siento el suelo firme, entonces dejo caer, con todo su peso, el pie que guía mi paso y me invita a avanzar. Aún así, el suelo minado puede dar una sorpresa. Puede hacerse dueño de la destrucción.
Mina nº1: Presenciar un accidente de carretera; o mejor dicho, imaginar tras cerrar los ojos -después de observar el despliegue de dispoditivos de emergencia-, los cristales, mezclados con heridos, amasijos de hierro de un coche que perdió su figura para siempre y tal vez a su conductor...
Mina nº2: Entrar en la casa, cerrada desde el inicio de los tiempos, y observar situaciones incontrolables para mí, fenómenos, acciones de otros que vigilan o guardan el hogar que no les duele.
Mina nº3:Desahogar mi incontinencia urinaria, que no avisa, que trata de encadenarme a mi casa, a mi refugio, que no quiere sentirse muy lejos de él, que se rebela.
Remedios para combatir las minas:
Remedio para la mina nº1: Lo primero fue, cerrar los ojos, lo suficiente para sobrepasar la desgracia; porque, como copiloto, voy más atenta a la carretera que mi propio conductor. Lo siguiente fue, bajar de nuevo el volumen de la radio, por empatía, hasta asimilar el sufrimiento ajeno y sobrepasarlo.
Remedio para la mina nº2: Descargar mi ira e impotencia hacia mi compañero hasta hacerle reaccionar. Aunque la solución aún está en el aire.
Remedio para la mina nº3: Quitarme la ropa interior, lavarla y guardarla, junto a mi dignidad. La próxima vez que me aleje de mi casa, prometo ir prevenida.
Tres minas he pisado hoy, que no han conseguido su propósito. Aunque al principio humedeciesen mis ojos, las he solventado y he salido airosa. Tenía una ilusión cargada de esperanza: el viernes fui al traumatólogo y me dio fecha para la operación. He iniciado la cuenta atrás.
El dolor, como una araña que te abarca y te rodea con sus patas, y teje con sutil hilo que se expande más y más, ataca. Y me abandono, cierro los ojos, miro hacia dentro, me busco, respiro, contengo y respiro... y el diafragma frena, como una barrera de hormigón que no permite que se filtre el dolor derramado. Medio cuerpo se hace fuerte frente a otro medio, ocupado, sitiado por un ejército implacable.
Poco a poco, la tensión pasa. Se relaja el espíritu y lleva el oxígeno a todas las partes del cuerpo que antes se pasaron al enemigo, y ahora se purifican y rinden las armas.
Ayer, jueves (que aún es hoy), a pesar de amanecer nublado, fue un día brillante y victorioso. Mi cuerpo comenzó a recuperar la energía perdida, gracias a la ayuda del superhéroe Tiorfán, que entabló batalla contra Colon, el cual perdió su irritación y se vino a menos. ¡Si al final, no es nadie...! Tiorfán lanzó sus cápsulas y, poco a poco, Colon entró en razones. El vientre dejó de sentir esas sensaciones extrañas en forma de explosiones y todo volvió a la calma.
Me he podido levantar de la cama, continuar mi rutina y concentrarme de nuevo en mis dolores viejos: otra batalla ganada :)
¿Para conseguir la calma hay que librar batallas? buen principio ético, no lo había pensado antes. Quizás me concedan el próximo Nobel de la Paz... buenas noches.
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Hace 12 años
Mariposa de otoño
La mariposa volotea y arde —con el sol— a veces.
Mancha volante y llamarada, ahora se queda parada sobre una hoja que la mece.
Me decían: —No tienes nada. No estás enfermo. Te parece.
Yo tampoco decía nada. Y pasó el tiempo de las mieses.
Hoy una mano de congoja llena de otoño el horizonte. Y hasta de mi alma caen hojas.
Me decían: —No tienes nada. No estás enfermo. Te parece.
Era la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece.
Todo se va en la vida, amigos. Se va o perece.
Se va la mano que te induce. Se va o perece.
Se va la rosa que desates. También la boca que te bese.
El agua, la sombra y el vaso. Se va o perece.
Pasó la hora de las espigas. El sol, ahora, convalece.
Su lengua tibia me rodea. También me dice: —Te parece.