
La peluquería ejerce un doble efecto sobre mí. Por un lado, odio ir, por el tiempo que debo estar allí, que si el tinte, que si las mechas, enjuaga, lava, corta, seca, peina... con un fondo mañanero de gran hermano en la tele, quien opina que sí, quien opina que no, que si Indhira, que si Carol...
Pero por otro lado, me encanta que me toquen el pelo. Me relaja y casi me adormezco allí sentadita. Cierro los ojos mientras, entre los dedos de la peluquera se escapan mis pensamientos, mis sueños, mi fantasía. Y lo mejor es el resultado final: subir la autoestima sintiéndote guapa.
Últimamente, cuando me miro al espejo no me gusta lo que veo. Me refleja una imagen que no quiero reconocer como mía. Mi cara denota sufrimiento, enfermedad... Es importante sentirte guapa y la peluquería me aporta una dosis de optimismo.