El año comenzó con proyectos ilusionantes. Esperanza puesta en gente que me devolvería la salud y la ilusión, que apostaban por mí. Fui afortunada entonces porque, a pesar de soportar dos intervenciones, me sentí muy arropada por los míos, como siempre, que nunca me han fallado y han estado conmigo en los momentos difíciles. Recibí el aviso de mi jubilación entre sábanas blancas de hospital. Fue el inicio de replantear mi vida, tras una fuerte depresión.
Llegaron meses, muy duros, de recuperación en los que conté, además de mi familia, con una persona que me ayudó mucho en todo momento (incluso cuando estaba en el hospital me llegaba su buena energía), y a la cual estoy muy agradecida. Vivió mi día a día en la distancia dándome el cariño y la fuerza que necesitaba.
Pero el verano quebró mis ilusiones. Confirmé que las intervenciones no habían servido para nada y que la persona que tanto me ayudó, se esfumó como por ensalmo. El puzzle se deshizo, se desencajaron piezas, volaron algunas al país de los sueños. Hay un dicho popular que dice "Dios aprieta, pero no ahoga", pues también lo confirmé este verano (ha sido una estación de confirmación). He iniciado una nueva relación, y no hablo de amores, que estoy bien servida, hablo de amistades. He conocido a unos grupos de buenos amigos donde me siento como en casa, algunos los he conocido en persona; otros "virtuales", que son más reales aún si cabe.
Ha sido un año de idas y venidas a médicos y pruebas multicolores, buscando la piedra filosofal, y aún no la hemos encontrado, aunque sigo en ello, con la dosis de esperanza cada vez más pequeña (yo diría que casi acabada, en reserva, como la gasolina).
Termino el puzzle en paz conmigo misma. De él guardo, por lo pronto, todas las piezas para construir el nuevo del 2011.
Con los pies en el suelo y las aspiraciones puestas en otras metas, otros retos, intentando asumir mi realidad, digo adiós al 2010.
¡Feliz 2011!



