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martes, 28 de diciembre de 2010

¡Adiós, 2010!: confesiones

Si reconstruyo el puzzle del 2010, encuentro algunas piezas un tanto defectuosas y, por el contrario, otras que son espléndidas. Algunas quedarán guardadas en la caja de los recuerdos, pero otras piezas continuarán sirviéndome para construir el puzzle de 2011.

El año comenzó con proyectos ilusionantes. Esperanza puesta en gente que me devolvería la salud y la ilusión, que apostaban por mí. Fui afortunada entonces porque, a pesar de soportar dos intervenciones, me sentí muy arropada por los míos, como siempre, que nunca me han fallado y han estado conmigo en los momentos difíciles. Recibí el aviso de mi jubilación entre sábanas blancas de hospital. Fue el inicio de replantear mi vida, tras una fuerte depresión.

Llegaron meses, muy duros, de recuperación en los que conté, además de mi familia, con una persona que me ayudó mucho en todo momento (incluso cuando estaba en el hospital me llegaba su buena energía), y a la cual estoy muy agradecida. Vivió mi día a día en la distancia dándome el cariño y la fuerza que necesitaba.

Pero el verano quebró mis ilusiones. Confirmé que las intervenciones no habían servido para nada y que la persona que tanto me ayudó, se esfumó como por ensalmo. El puzzle se deshizo, se desencajaron piezas, volaron algunas al país de los sueños. Hay un dicho popular que dice "Dios aprieta, pero no ahoga", pues también lo confirmé este verano (ha sido una estación de confirmación). He iniciado una nueva relación, y no hablo de amores, que estoy bien servida, hablo de amistades. He conocido a unos grupos de buenos amigos donde me siento como en casa, algunos los he conocido en persona; otros "virtuales", que son más reales aún si cabe.

Ha sido un año de idas y venidas a médicos y pruebas multicolores, buscando la piedra filosofal, y aún no la hemos encontrado, aunque sigo en ello, con la dosis de esperanza cada vez más pequeña (yo diría que casi acabada, en reserva, como la gasolina).

Termino el puzzle en paz conmigo misma. De él guardo, por lo pronto, todas las piezas para construir el nuevo del 2011.

Con los pies en el suelo y las aspiraciones puestas en otras metas, otros retos, intentando asumir mi realidad, digo adiós al 2010.

¡Feliz 2011!

martes, 22 de diciembre de 2009

Qué pena, la jubilación

A veces la mente asocia canciones a sentimientos y emociones. Yo tengo algunas canciones que me vienen a la memoria asociadas a acontecimientos, momentos vividos o lugares transitados. Creo que he desperdiciado esta capacidad, debería haberme dedicado al cine o a la publicidad. Pensar con música... quizás no le ocurra a mucha gente.

Esta tarde me ha rondado la cabeza aquella canción que cantaba la Niña Pastori, cuyo estribillo decía: "qué pena que se acabara/ qué pena, por la manera/ qué pena, que pase el tiempo/ y me siga dando pena". Siento pena en el pecho, que me oprime y reprime lágrimas desde el corazón, desde lo profundo.

Me está costando mucho cerrar página, entrar en una nueva fase de mi existencia. Sé que debo superar este momento de crisis para renacer de nuevo en otro espacio, en otros tiempos, con otras perspectivas y proyectos ilusionantes.

Hoy he constatado que nadie es imprescindible, que yo ya no soy imprescindible. Y esta es una certeza muy dura. Sin embargo, después de un año, aún me echan de menos, me añoran... lo he visto en sus caras, lo he presenciado, me lo han repetido hasta la saciedad, con ojos húmedos, con miradas furtivas. También he visto la pena en sus rostros. Yo he cantado villancicos, he reído y compartido su merienda en un estado extraño, sabiendo que ya no me pertenecía sus confidencias laborales de las que me han hecho partícipes. Ya no eran mis compañeras, ya no era mi lugar de trabajo. Otra persona ocupaba mi puesto, pisaba mi espacio, hablaba de lo que yo debiera haber hablado, sólo que ella no conocía la singularidad, la historia de lo que allí ha pasado, lo que hemos vivido, lo que hemos luchado, le faltaba esa complicidad con el resto, por unos minutos la he desbancado, sin querer, de forma insconciente.

Hoy he sentido tanta pena... Debemos prepararnos para la jubilación, pero de forma gradual, que se vaya haciendo el cuerpo poco a poco, no bruscamente, de un día para otro. No siento aún el júbilo que supone haber soltado un lastre pesado de responsabilidad, de obligación, sino todo lo contrario: pena, qué pena, qué desperdicio, qué desaprovechamiento, qué inversión humana tirada por la borda, tantos años de preparación , de formación... y ahora todo se acabó y el cómo se acabó, sin darme tiempo a recoger mis cosas porque pensaba volver al día siguiente, sin darme tiempo a despedirme, a finalizar mi trabajo, sin darme tiempo...

Hoy he regresado, para cerrar un capítulo, y he sentido y presentido mucha pena.

Te regalo un sueño, tú decides cuál