Me acompañan en esta travesía

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jueves, 4 de febrero de 2010

Mis manos blancas de tiza



Echo en falta mis manos blancas de tiza,
el olor a goma de borrar,
a papel, a lápiz,
los olores humanos mezclados y cercanos
en la proximidad que ofrece la duda
del que aprende y reconstruye,
la intimidad del susurro y la sonrisa franca,
el contacto de una mano insegura
que aferra con fuerza
el inicio del trazo
para que no se le escape su sueño,
el beso sincero de agradecimiento,
el reconocimiento de la gente sencilla,
amable,
compartir proyectos, programar esfuerzos,,,

Echo en falta la pizarra
detrás mía como un manto
que me cubre las espaldas,
que me protege,
y las nuevas tecnologías
motivadoras y motivantes
que invaden el aula
haciéndose su sitio.

Echo en falta la enseñanza:
la mirada, los gestos,
del que aprende
hábido de conocimientos.

Hecho en falta mi voz,
mi sonrisa, mis gestos,
los míos,
mi ilusión, la mía,
asistiendo a despertares.

¡Me echo tanto en falta...!


Permitidme que hoy me sienta nostálgica.

Procedencia de la imagen.

miércoles, 6 de enero de 2010

Ayudando a construir la magia


Ayer, mientras veía la Cabalgata de Reyes por televisión, me entró una súbita nostalgia, una necesidad de tener un niño pequeño a quien ilusionar y con quien ilusionarme. Noté mi casa vacía, el "nido vacío".

Cuando mi hijo era muy pequeño contaba con la ayuda inestimable de mis padres para que lo llevasen a ver la cabalgata. Mi madre se llevaba los bolsillos cargados de caramelos, desde casa para, durante el recorrido, ir echándoselos a los pies de mi hijo que, en su inocencia creía que los Reyes eran quienes se los arrojaban. Mientras, aprovechábamos para hacer los intercambios de regalos entre mis hermanos.

Al llegar la noche y vencido por el sueño y la ilusión, mientras dormía colocábamos los regalos. Mi hermano el menor iba a casa de la vecina por la moto de batería o el caballo balancín o cualquier juguete inescondible en nuestra casa. En ese momento, yo me imaginaba la misma acción en todos los hogares y me hermanaba con todos los padres del mundo, de mi mundo, con una ilusión compartida de hacer y ver felices a nuestros pequeños.

Al llegar la mañana de Reyes, oía sus pasitos pasillo arriba pasillo abajo, hasta que él comprendía que debía ser una hora prudente y nos despertaba anunciando la venida de los Reyes. Esperaba pacientemente que nos levantásemos. Yo tardo un poco, porque el aparato ortopédico tiene sus correitas y las botas, sus cordones. Cuando estábamos junto a él, sentaditos en el salón y mi marido con la cámara de vídeo preparada, comenzaba a abrir los regalos envueltos en brillantes papeles, entre globos de colores, me los iba colocando sobre la falda. En realidad, nunca he sabido dónde se concentra más ilusión si en el niño o en los padres por ver la felicidad de éste o en los abuelos, que contemplaban la escena embelesados.

Cuando fue mayorcito, esperaba a que se durmiera, bastante tarde por cierto, y poder arrastrar como podía las bolsas hasta el salón para colocarles los regalos y chucherías. Por la mañana, nos traía a la cama sus regalos para abrirlos delante de nosotros y compartir su emoción y la nuestra.

Anoche, mi hijo anunció a su padre que lo despertase si veía que dormía demasiado, a estas edades nunca tienen prisa por levantarse. Y esta mañana se ha despertado él solo y se ha metido en mi cama mientras mi marido preparaba el desayuno. Hemos desayunado los tres nuestro roscón de reyes en la cama, comentado otras navidades pasadas y diversas anécdotas con el regalito del roscón, que siempre le tocaba a él. Después nos hemos entregado los regalos.

Esta mañana hemos construido la magia entre los tres, y hemos compartido un momento de felicidad y ternura que me ha llenado como cuando era un niño y yo era una niña.

Imagen: Google.

martes, 22 de diciembre de 2009

Qué pena, la jubilación

A veces la mente asocia canciones a sentimientos y emociones. Yo tengo algunas canciones que me vienen a la memoria asociadas a acontecimientos, momentos vividos o lugares transitados. Creo que he desperdiciado esta capacidad, debería haberme dedicado al cine o a la publicidad. Pensar con música... quizás no le ocurra a mucha gente.

Esta tarde me ha rondado la cabeza aquella canción que cantaba la Niña Pastori, cuyo estribillo decía: "qué pena que se acabara/ qué pena, por la manera/ qué pena, que pase el tiempo/ y me siga dando pena". Siento pena en el pecho, que me oprime y reprime lágrimas desde el corazón, desde lo profundo.

Me está costando mucho cerrar página, entrar en una nueva fase de mi existencia. Sé que debo superar este momento de crisis para renacer de nuevo en otro espacio, en otros tiempos, con otras perspectivas y proyectos ilusionantes.

Hoy he constatado que nadie es imprescindible, que yo ya no soy imprescindible. Y esta es una certeza muy dura. Sin embargo, después de un año, aún me echan de menos, me añoran... lo he visto en sus caras, lo he presenciado, me lo han repetido hasta la saciedad, con ojos húmedos, con miradas furtivas. También he visto la pena en sus rostros. Yo he cantado villancicos, he reído y compartido su merienda en un estado extraño, sabiendo que ya no me pertenecía sus confidencias laborales de las que me han hecho partícipes. Ya no eran mis compañeras, ya no era mi lugar de trabajo. Otra persona ocupaba mi puesto, pisaba mi espacio, hablaba de lo que yo debiera haber hablado, sólo que ella no conocía la singularidad, la historia de lo que allí ha pasado, lo que hemos vivido, lo que hemos luchado, le faltaba esa complicidad con el resto, por unos minutos la he desbancado, sin querer, de forma insconciente.

Hoy he sentido tanta pena... Debemos prepararnos para la jubilación, pero de forma gradual, que se vaya haciendo el cuerpo poco a poco, no bruscamente, de un día para otro. No siento aún el júbilo que supone haber soltado un lastre pesado de responsabilidad, de obligación, sino todo lo contrario: pena, qué pena, qué desperdicio, qué desaprovechamiento, qué inversión humana tirada por la borda, tantos años de preparación , de formación... y ahora todo se acabó y el cómo se acabó, sin darme tiempo a recoger mis cosas porque pensaba volver al día siguiente, sin darme tiempo a despedirme, a finalizar mi trabajo, sin darme tiempo...

Hoy he regresado, para cerrar un capítulo, y he sentido y presentido mucha pena.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Un día de lluvia


Hoy ha hecho un día invernal, con lluvia y todo.

Siempre me ha gustado ver llover tras los cristales, en casa, segura, calentita con el pijama y la bata, en plenas vacaciones navideñas. Suponía el preludio de fiestas, risas, cantos, juegos y regalos.

Hoy he visto llover tras los cristales, en casa, segura, calentita con el pijama y la bata, en plenas vacaciones forzosas. Y me he recordado de niña, viendo llover en la calle, el olor a tierra mojada, el sonido de la lluvia golpear el suelo de cemento del patio del colegio. La lluvia en el pelo, el impermeable pegado al cuerpo, los calcetines mojados, el sudor, la tensión, el miedo a resbalar con las gotas de los paraguas a la entrada, en el mármol, el temor a tropezar con infinidades de pies presurosos y codazos y paraguazos... Y mi madre abriéndome paso, o las monjas... hasta llegar a mi aula y tomar posesión de mi silla, de mi pupitre, de nuevo segura, firme, sentada de igual a igual.

Hoy he sentido todos los días de lluvia que me han acontecido a lo largo de mi vida, teniendo la obligación de salir a la calle y meterme en charcos, para llegar hasta el coche y dirigirme al trabajo, cansada y responsable con mi destino. Y llegar de noche a casa con la satisfacción de la misión cumplida.

Esta tarde ha clareado durante unas horas. Tenía previsto salir e ir a la ortopedia para la segunda prueba del aparato, bitutor, le llaman ahora, creo. Pero no he tenido ganas, me ha dado pereza con sólo pensarlo, y he deseado que siguiera lloviendo para tener un buen pretexto.

Me hago mayor, y cada vez estoy asumiendo menos responsabilidades.

Imagen: Google.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Un punto de nostalgia



No anhelo el ayer, pero la nostalgia es un aguijón que se clava y te deja su veneno, como la picadura de la avispa. Hoy me ha picado a mí.

Vídeo: YouTube.

Te regalo un sueño, tú decides cuál