¿Por qué me invade esta tristeza? ¿por qué brillan los ojos que me devuelve el espejo? y una mueca, que no es mía, se ha instalado de nuevo en mi rostro ¿será éste mi estado natural? Nunca pensé que llegara a pensarlo algún día, nunca imaginé que llegara a imaginarlo algún día.
Creo que las casas se contagian de nuestros sentimientos. Así en ésta, en la que me encuentro ahora, viví, hace apenas un año, unos momentos depresivos terribles. Y hoy me atrapa esta misma tristeza, la noto en las paredes, parece que se rezuma por ellas como si fuese humedad. ¿Debo tener motivo? No sé. En mi hogar me siento a salvo del mundo, con mi rutina estructurada, y acomodada a ella después de un cierto tiempo. No creáis que no me ha costado, pero eso es ya terreno ganado y hoy disfruto de ella.
No obstante, intento salir de mi rutina, salir de mi casa, ver otro cielo, otro techo, otros atardeceres, otras paredes... disfrutar de mi gente. Me hago el firme propósito de vivir.
Encima de mí gira el ventilador con ese movimiento hipnótico, hago esfuerzos por dejar mi mente en blanco, no pensar, pasar las horas. Estoy sin tele, sin Internet, se me ha acabado el libro que me había traído para leer este fin de semana (he calculado mal). Un libro que habla de soledad, quizás por eso me siento tan sola, tal vez tenga la culpa "La soledad de los números primos". Me siento un número primo, un solitario número primo a solas con mis cavilaciones sumida en un silencio. Cuanto más tiempo permanezco callada, más me cuesta arrancar con una palabra y, por contrapartida, más me bulle el pensamiento, se dispara desbocado. Tal vez no estaría de más que me mirasen la cabeza o el corazón, que es donde siento la pena, o el estómago, que es donde siento la angustia, o el pecho, que es donde siento la opresión, o la pierna, que es donde siento el dolor.
El dolor. Luego está el dolor. ¿Duele más porque estoy triste o estoy triste porque me duele más? Este enigma se me antoja como aquello del huevo y la gallina, algo de difícil respuesta, vamos, una pregunta trampa. Quizás eche en falta mi cómodo sillón relax o mi cómoda vida, o eche en falta todo lo que podía hacer antes y que ahora no puedo. Aquí se hace más evidente. Era mi lugar de vacaciones al que acudía con ansia por descansar, y valoraba todo lo que la naturaleza nos brinda. Ahora que dispongo de vacaciones perpetuas, mi cuerpo no me acompaña, mi salud no me permite hacer nada. Tengo las manos llenas de tiempo y se me escapa entre los dedos sin hacer nada, en la más absoluta contemplación de las cosas, sin poder palparlas. Necesito tocar. Son tantas las carencias...
Nota: Esta entrada la escribí en la madrugada del sábado a las 00:59
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El poder de adaptación¿Cómo nos podemos adaptar a las circunstancias sean las que sean? ¿cómo se ponen a funcionar los mecanismos de defensa cuando existe una alerta?
El fin de semana ha transcurrido apacible con baños, paseos, charlas y cura de sueño. A cambio de leer, he escrito; a cambio de ver la tele, he charlado; ha cambio de charlar, he escrito; a cambio de Internet, he visto y he hecho fotos... En general, no ha estado tan mal el fin de semana. Todo es cuestión de adpatación y darle la vuelta a las cosas para que te ayuden a vivir y no te pongan la zancadilla.