Me acompañan en esta travesía

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domingo, 2 de enero de 2011

...Mejor hablar del frío

Ayer-Hoy quizás hubiese pegado hablar de deseos y buenos propósitos, pero no quiero tener que examinarme luego ante mi conciencia, de lo que cumplí o no, de lo que salió bien o mal. Bastante me fustigo ya sin repasar el listado de lo prometido. No pienso apuntarme a un gimnasio, no pienso aprender inglés, no pienso... no pienso... no... Quiero beber de la vida tal y como vaya viniendo, aceptarla, adaptarla, adaptarme. Mi único propósito en firme es no tirar la toalla, seguir buscando respuestas, remedios...

Pero no quiero continuar hablando de propósitos, mejor hablar del frío. Un compañero cada año más insoportable. Se ha convertido en un incordio total, de tal manera que, cuando se instala, necesito horas para alejarlo de mí.

La historia podría comenzar así: "Érase un frío a una nariz pegado..." o "Milagro de una metamorfosis canina". Sí, creo que voy camino de convertirme en perro. Este invierno está llegando a unos límites insospechados. Mi nariz se hiela literalmente, sólo la punta; además, noto cómo entra el aire helado a través de mis fosas nasales y es un tanto desagradable esta sensación perruna. A veces pienso que se me ha estropeado el "termostato", porque esta semana he tenido la reacción contraria, se me puso caliente y roja después de bajarme del coche con la calefacción encendida, a mi hermana le llamó la atención porque me daba un aspecto de borrachuza.

Otro punto importante es la espalda. Me recorren unos escalofríos que me erizan el vello, por más abrigada que la tenga. Siento como un tiritar, como sensaciones nerviosas en toda la espalda. El frío se me agarra a ella, me abraza. Hay un anuncio de la tele, un tanto asqueroso, donde se ve un individuo tosiendo en la cama y, de pronto, se le coge al pecho un muñeco verde que quiere representar los mocos; ambos luchan y se revuelcan hasta que, al final, él vence y se desprende de los mocos. Pues algo así me pasa a mí con el frió de la espalda; al final, consigo arrancármelo después de un duro forcejeo.

Y un tercer punto es la pierna-pie derecho (concepto árabe de un todo) . Se me queda como una columna de mármol de Carrara. Es la última parte de mi cuerpo que consigue entrar en calor. Y, dentro de ésta, el pie es el último en recobrar su temperatura normal. Esta intolerancia al frío me lleva a usar calentadores y calcetines gruesos de lana, para dormir, en esos días en que el frío se apodera de mí.

A todo esto se le añade, en puntuales ocasiones, el casteñeteo de dientes, el frío nervioso, como yo le llamo, en el que me abrazo o pido que me abracen para poder controlarlo.

Como veis, el tema del frío tiene mucho de qué hablar, casi más que mis propósitos y deseos del nuevo año. Es un tema recurrente en el invierno y ya me estoy repitiendo demasiado. En otras ocasiones he contado las mismas cosas aunque con diferentes palabras, ¿será que también se me hiela el cerebro y rijo poco? juzguen ustedes.

¡Felices sueños y felices días!

sábado, 25 de diciembre de 2010

Nochebuena, por decir algo


Pasó la Nochebuena como un sueño, que cuando se hace realidad, se te escapa de las manos. Algo efímero que te sobrevuela de pasada y sólo queda un recuerdo desdibujado y un estómago que acusa tu mala cabeza. Tiempo de excesos.

Cuando el cuerpo se te ha encorsetado en unas normas y una rutina que no debes saltar, al final, pagas con creces esos excesos. Hoy estoy para el arrastre. De cara a la Nochevieja, tendré que organizarme mejor: descansar un ratito después del almuerzo, para coger fuerzas para poder trasnochar, no olvidarme de tomarme mi medicación nocturna y comer poquito, uf!! esto último es lo más difícil, con lo bueno que está todo!!

Mi balance de la Nochebuena: Un tiempo entrañable entre familia y un cuerpo que no aguanta ni el primer asalto. Qué batallas más duras hay que librar en estos días de fiestas y excesos!!

Besos a todos, desde el Olimpo.

martes, 24 de agosto de 2010

Hoy ha tocado médico



Hoy ha tocado médico.

Muy tempranito he llegado sin convencimiento, sin espectación. Esperando escuchar nada nuevo. Quizás él guardaba la esperanza que a mí me falta, porque esa es su profesión, estudió para eso, se preparó a conciencia, y la esperanza del médico entra dentro de su oficio de sanador.

Esta vez no me han multado, he entrado yo solita mientras mi hijo se ha ido a aparcar al fin del mundo. Y una vez, dentro de la consulta, no me ha dado tiempo a mirar los cuadros y fotos que la pueblan, ha entrado el doctor estrechándome la mano con su sonrisa sincera. Tiene cara de buena persona y lo es.

Ha mirado las radiografías que me acababan de hacer, todo sigue bien con respecto a la cirugía. Cada vez duele un poco menos la espalda. Y quizás esperaba que le contase lo mejorada que me encuentro con todo lo demás, lo bien que me han sentado las sesiones de rehabilitación, cómo los calambres se han reducido y los pinchazos y la quemazón y el acorchamiento...

Hemos hablado de nuevo de: tronco ciático mayor, escotadura, compresión del nervio, glúteo, musculatura, de más rehabilitación... Y yo de nuevo he buscado en Internet y he leído sobre: plexos lumbar y sacro, músculo piriforme...

Mi cabeza se madeja y desmadeja en buscar explicaciones, en autodiagnosticarme. Intento arañar la esperanza de donde no la hay. El dolor no me da tregua, no entiende de reglas de honor.

Ahora me dejará en la boca ese sabor extraño de decepción y esperanza, pendiente hasta que inicie de nuevo las sesiones de rehabilitación y constate lo uno o lo otro.

Buenas noches, felices sueños.

Algo de lo que he leído:
Procedencia de las imágenes: 1 y 2.

miércoles, 23 de junio de 2010

Un acto de fe


La fe en el ser humano, la fe en las ideas... esa es la fe que me mueve y a la que dedico el título de este post.

Sin embargo, hace tiempo que he ido perdiendo esa virtud, porque la fe es una virtud. Me he desvirtuado totalmente. Primero perdí la fe ciega, que siempre me ha gustado practicar, porque para algunas cosas soy, lo que se dice por aquí, "mu apretá", entiendase en castellano, "muy apretada"; es decir, muy excesiva, muy exagerada. Más tarde perdí la fe a secas. Después, entré en terreno más pantanoso, comencé a perder la esperanza y me desesperancé por completo.

Claro, que este proceso se origina por unos motivos de peso, no es algo baladí. Y esos motivos, en mi caso, han sido que después de las operaciones a las que recientemente fui sometida (y no de cirugía estética, precisamente) sigo con los mismos dolores y el mismo cuadro médico (que no pictórico). Me han sometido a diferentes pruebas médicas, también (y no atléticas). Y mi médico, al que tengo loco, cree haber encontrado la causa de mi mal.

A pesar de mi esperanza desteñida, hoy he practicado un acto de fe en su consulta. Me ha prescrito chiquicientas sesiones de rehabilitación, y confía que con eso mejoraré. Yo he querido creerle a pies juntillas. Y es que necesito creer, necesito recuperar mi fe. Y hoy he empezado por mi médico.

Procedencia de la imagen.

viernes, 23 de abril de 2010

Jugar de cascarilla


Jugar de cascarilla, para quien no lo sepa, es jugar pero sin jugar, sin aceptar las reglas del juego, sin que el grupo tome en cuenta tus movimientos. No hay triunfos ni derrotas. De pequeña, he jugado muchas veces de cascarilla al escondite y más al pilla-pilla, al elástico...

Así me siento yo en estos momentos. He perdido el control del juego, y ahora lo hago de cascarilla, donde da igual ganar que perder, lo que importa es seguir jugando.

Comienzas delegando, porque no puedes hacer frente a las rutinas, a tantas y tantas rutinas diarias. Entonces implicas a todas las personas que forman tu espacio, para que el barco no se hunda, para que siga a flote. Y cada vez, vas perdiendo pequeñas parcelas de poder, hasta que te quedas reducida a una isla rodeada por un abismo, a donde tu vista no alcanza a ver el fondo.

Pero, a veces, esto no es suficiente. La vida te da otra vuelta de tuerca y empiezas a perder el control de ti misma, del vaivén de tu estado de ánimo. Yo tengo una amiga que posee la cualidad del "animómetro", como le pasa a mi madre, que con sólo oir mi voz al teléfono, sabe medir mi estado de ánimo, por más dotes de ventrílocua farsante que intente desarrollar en una imponente representación teatral.

Pero antes que el ánimo, está el cuerpo imponiendo sus propias reglas, duras, difíciles, como para no dejarte jugar a ti, quizás sólo de cascarilla. Y llegas a perder el control en lo físico, lo fisiológico. Esa es la guinda que adorna tu pequeña isla y, a veces, no encuentras reducto dónde refugiarte.

Esta mañana, mi vejiga me ha tenido alerta porque sabía que yo iba a salir a la calle y ella, que se emperra en llamar la atención, me ha tenido de acá para allá. Yo he perdido la cuenta de las veces que he recorrido el pasillo y he abierto el grifo del lavabo para acompañarme en un fondo musical necesario. Y todo esto entre pastilla y pastilla, con el desayuno en la mesa, el café frío, desapasionado, las tostadas tiesas, repelentes y el kiwi reseco y sin vitaminas. Me ha hecho, además, que me cambie de ropa, porque a ella, a mi vejiga, no le gustaba la que llevaba puesta. Y yo, cada vez más nerviosa con el tic-tac implacable del día. Ella, mi vejiga, no quería que saliera a ninguna parte y quería, además, que llorase y me desesperase, pero no lo ha conseguido. Esta vez he ganado yo la batalla.

jueves, 8 de abril de 2010

El vértigo de la vida


Me da vértigo la vida. Me asomo a ella, cada mañana, y me recibe el vértigo, y eso que me acompaña -desde no recuerdo cuándo-, mi amigo venido de un lugar irreductible de la Galia llamado Flurpax. Pero el vértigo es más fuerte, es un romano con pecho de lata que siempre vence al galo.

Esta mañana me he asomado a la vida, y el espejo me ha rechazado con una visión de futuro que no quería darme, que no quería compartir. Y yo se lo he agradecido en este día nublado en que el vértigo me hace poner la realidad patas arriba.

Procedencia de la imagen.

viernes, 12 de febrero de 2010

Confabulaciones domésticas



El verano pasado, mi páncreas se puso pesadito una noche, porque la vesícula, que estaba llenita de piedras, no paraba de darle la lata, y él -que no es capaz de defenderse solo-, se puso a llamar mi atención. Tal fue así, que consiguió que me quitaran la vésicula, ¡y se quedó tan pancho, el tío!.

En ese episodio, mi family me regaló un móvil táctil, porque el anterior dijo que ya estaba bien, que había trabajado demasiado. Y es que soy una explotadora de móviles, no me resisto a cambiarlos tan fácilmente. Se le había quedado la pantalla en blanco; y yo, cabezona, que sí, que lo veía perfectamente. El regalito me sirvió de distracción durante el tiempo que permanecí en el Hades, pasando los números de mi agenda de forma manual al nuevo móvil, que se negaba a reconocer la tarjeta. En fin, ¡cosas de aparatos!.

Pues bien, durante las pasadas navidades, mi flamante móvil táctil se dislocó (y prometo que no le di de beber). Y desde entonces, ha sido una odisea mandarlo a arreglar, devolverlo igual, volverlo a mandar... Desde ayer, por fin, comparte casa conmigo, pero viene desmemoriado, con una amnesia que no se la salta un galgo. ¿Y qué me toca a mí?: volver a meter los números en la agenda. Pero esta vez peor: primero, meter la tarjeta en el antiguo -que no hace nada sin ella-, copiar los números como una amanuense y, por último, introducirlos con mi uñita en el nuevo móvil.

Me veo el domingo en el Hades todavía liada con esta operación (antes que llegue la de verdad, la quirúrgica). ¿Será un déjà vu?

Pero como no hay una sin dos: el pasado verano también, mi family me regaló un nuevo ordenador portátil por mi cumple, que me vino de perlas durante mi estancia en el Hades, para poder estar comunicada con el exterior. Pues, como es un envidioso, se ha enterado de lo del móvil, y ha dicho que si el transformador se calienta, que si la clavija se ha atascado, del calor... mentira toda, ¡con el frío que está haciendo! Bueno, pues ha conseguido que esta tarde vengan a recogerlo y se lo lleven por tiempo indefinido.

Y aquí me tienen a mí, a punto de partir de viaje e incomunicada. Seguro que esto es cosa de Hades, mi marido, que es un egoista y un celoso y un... mejor me lo callo.

Procedencia de la imagen.

miércoles, 20 de enero de 2010

No me gusta madrugar



Desde siempre lo he sabido: no me gusta madrugar. Tampoco me gusta dormir, pero cuando me pongo, me pongo.

Desde niña, ¿a qué niña le puede gustar madrugar? Quizás a los bebés, a las niñas cuyos padres consiguen que se duerman a las ocho de la tarde... (entiéndase las niñas, no los padres), a las que estén enganchadas con ciertos dibujos animados (cosa muy insana)

Yo aprendí a hablar, con mucha claridad, desde muy pequeñita. Y recuerdo, aún durmiendo en mi cuna, que solía dormir cogiéndole la mano a mi madre. La pobre, después de llevar un día agotador, pillaba la cama con tantas ganas que se dormía enseguida. Y yo, mientras fantaseaba a oscuras, notaba la falta de presión de su mano, y era cuando le repetía aquella frase egoista de: "mamá no te duermas, que yo no tengo sueño". O aquella otra frase más heavy, cuando era un poco mayorcita y mi madre me sugería la siesta veraniega tan reparadora que da un respirito a los papás: "-¿por qué no te duermes un ratito?, -es que me aburro..." ¡Dormir me aburría!, literalmente. Ya desde entonces opositaba para "Despierta perpetua". Porque hoy, si no fuera por las pastillas...

Me ha gustado trasnochar, lo he podido constatar de joven. No había un guateque, fiesta o sarao que acabase conmigo. Siempre he preferido la noche, quizás porque es el preludio de la mañana, o porque no he querido que el día acabase tan pronto, es tan corto...

¿Pero, madrugar? Aquellas mañanas frías de invierno iniciando los preparativos para el cole: el corsé, estira la camiseta... los pellizcos, ¡tengo sueño!. Mete la cabeza... odiaba los jerseis de cuello alto. Toma los calcetines, la bota, el aparato... tú sola, yo te ato los cordones... Esa rutina diaria, ese automatismo con los ojos llenos de sueño. ¿A quién podía gustarle madrugar?

Después llegó la etapa dorada. Se acabaron los madrugones y comenzaron las trasnochadas. Estudié en turnos de tarde y trabajé, posteriormente, en turno de tarde. Sin haberlo buscado, fue ideal de la muerte. Claro que en mi etapa laboral fue disminuyendo la vida nocturna paulatinamente hasta hacerse inexistente.

Y os cuento todo esto para deciros que hoy he madrugado. Mi mente se despertó a las ocho de la mañana con la alarma del teléfono móvil, mi despertador favorito. Pero mi cuerpo, que tiene vida propia, se tomó su tiempo. Y eso que yo lo estimulo, que siempre viene bien un poquito de ayuda. Muevo, estiro, crujo mi cuello y todos los músculos y tendones del cuerpo. Todo eso, antes de salir de la cama, y en dos fases: una tendida y otra sentada. Pero aún así, cuando me levanto debo tener cuidado con los movimientos, los mareos..

Irremediablemente, a mi cuerpo tampoco le gusta madrugar.

Procedencia de las imágenes: 1 y 2.

martes, 29 de diciembre de 2009

La batalla del dolor


El dolor, como una araña que te abarca y te rodea con sus patas, y teje con sutil hilo que se expande más y más, ataca. Y me abandono, cierro los ojos, miro hacia dentro, me busco, respiro, contengo y respiro... y el diafragma frena, como una barrera de hormigón que no permite que se filtre el dolor derramado. Medio cuerpo se hace fuerte frente a otro medio, ocupado, sitiado por un ejército implacable.

Poco a poco, la tensión pasa. Se relaja el espíritu y lleva el oxígeno a todas las partes del cuerpo que antes se pasaron al enemigo, y ahora se purifican y rinden las armas.

La batalla ha terminado. Amén.

Imagen: Google.

viernes, 11 de diciembre de 2009

De cómo Tiorfán venció a Colon


Ayer, jueves (que aún es hoy), a pesar de amanecer nublado, fue un día brillante y victorioso. Mi cuerpo comenzó a recuperar la energía perdida, gracias a la ayuda del superhéroe Tiorfán, que entabló batalla contra Colon, el cual perdió su irritación y se vino a menos. ¡Si al final, no es nadie...! Tiorfán lanzó sus cápsulas y, poco a poco, Colon entró en razones. El vientre dejó de sentir esas sensaciones extrañas en forma de explosiones y todo volvió a la calma.

Me he podido levantar de la cama, continuar mi rutina y concentrarme de nuevo en mis dolores viejos: otra batalla ganada :)

¿Para conseguir la calma hay que librar batallas? buen principio ético, no lo había pensado antes. Quizás me concedan el próximo Nobel de la Paz... buenas noches.

Imagen: Google.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

El colon ataca de nuevo


Se ve que no le gusta que hablen de él. El lunes pasado lo expuse públicamente... y este lunes se vengó de mí, y el martes, y el miércoles... y no sé cómo acabará hoy el día.

Esta vez no le ha hecho efecto el Loperan, será que como no me gusta el fútbol, -entiéndase la broma por lo del nombre del presidente del Betis-. Hoy me he cambiado al Tiorfan. También el nombre termina en ene, como para darle más fuerza. Me suena a nombre de superhéroe; si no fuera porque le falta la tilde en la a, para que fuese aguda, sería propio para añadirlo al grupo de Ibéroes. Espero que estas cápsulas me hagan más efecto y corten de una vez esta cruel diarrea, que me ha obligado a meterme en la cama, con la cuña preparada a la voz de ¡ya!.

Un amigo me acaba de recomendar una planta llamada unciana, que venden en herbolarios, y sirve para regular los problemas digestivos. Pero al buscar en Internet, he leído que hay especialistas que no aconsejan su uso si "el paciente posee acidez, causada por hiperclorhidria, inflamación o úlcera de estomágo. Ante la duda es mejor recurrir a otras plantas más seguras". Y yo, ante la duda, seguiré con mi Tiorfán, ¿a que ahora suena mejor e invita a ponerse buena?

Es la segunda vez que orino hoy, y de un color oscuro, tengo la boca pegajosa... Así que me voy a dar un trinque de Acuario y, ya de camino, a poner en orden mis empapaderas por si llega el apretón.

Imagen: Google.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Más frío, más


Ya sí que noto el frío invernal. La punta de la nariz avisa al cuerpo de que está bajando la temperatura; pero no todo él se hiela, sólo los dedos de las manos, la cadera derecha y su pie correspondiente. Y cuando llega el frío a la columna vertebral, entonces comienza el castañeteo.

Para dormir necesito refuerzo. No me vale conque la ropa de la cama sea de abrigo, ni mi pijama... Necesito unos calentadores, aunque sólo uso uno (en la pantorrilla derecha), y un calcetín de lana gorda para el pie derecho. Solamente cuando hace mucho frío, abrigo al izquierdo. Bueno, he dicho para dormir, no necesariamente, mejor diría para cuando me acuesto, que no es lo mismo.

Durante parte del día, aquí sentadita, con mi mantita sobre las piernas y una toquilla sobre los hombros que, llegado el momento, me sirve de embozo. Así tapo la boca y la nariz para que se caliente esta última, mientras yo sigo escribiendo.

Pudiera pensarse que en mi casa hace un helor insoportable, pues siento decirles que no es así. Hace un poco de fresco, el suficiente y justo como para permitirle a mi marido, moverse en manga corta por toda la casa y sólo comentar: "sí, hace un poco de fresco", mientras yo le respondo: "pues yo tengo más frío, más..."

Imagen: Google

martes, 1 de diciembre de 2009

¿Qué quiere el colon de mí?


Hablar cara a cara con las distintas partes de mi cuerpo me ofrece la oportunidad de desahogarme, a veces, de mi furia, de mi impotencia, de mi desconocimiento, de mi falta de certeza, de mi inseguridad, de mis temores...

En conversación con el colon, que siempre ha querido estreñirme, últimamente me hincha el vientre, en muchas ocasiones, con gases, que provocan una especie de embarazo, creando una superficie dura. Yo, ¡que siempre había tenido un vientre plano! Ahora, para que se sienta un poco más aliviado, debo recurrir a los enemas de forma usual, amén de kiwis, yogures de esos que anunciaba José Coronado, dieta sana... pero ejercicio poco, bien poco.

Ayer no sé qué pasó, ¿algo que comí tal vez, un virus? Lo cierto es que estuve todo el día del baño a mi sillón relax, de mi sillón al baño. Desde antes de la siete de la mañana, tras cuatro día de estreñimiento, mi vientre se soltó, se liberó... pero a mí me dejó hecha polvo, porque su liberación duró hasta la noche.

Estos temas escatológicos ya forman parte de mi pequeño mundo en el que me muevo, desde hace algo más de un año. Comer, dormir y luchar con mis esfínteres. Pequeñas luchas para grandes problemas.

Imagen: Flickr

jueves, 26 de noviembre de 2009

¿No querer o no poder dormir?


De los tres tipos de insomnio, yo tengo el primero. Me cuesta iniciar el sueño. Y dan la una, las dos, las tres... como la canción de Joaquín Sabina, más o menos. Después, duermo durante toda la noche de un tirón. Se ve que las pastillas, una vez que funcionan, funcionan.

Sí he observado que si me duermo temprano, despierto al rato y ya se me quita el sueño. Me cuesta más iniciarlo. Así que, he desarrollado una estrategia, la estrategia del aguante, que la practico también con mi vejiga. Es fácil, consiste en que cuando comienza a entrarme el sueño, la una, una y media... aguanto, y los ojos me pinchan pero yo: aguanto y aguanto, hasta que los párpados se me caen y me entra el sopor. Entonces es que ha llegado el momento de dormir.

Me he hecho amiga de Alicia Galván, la veo en la tele todas las noches contándome lo mismo sobre mi horóscopo o, al menos, a mí me lo parece. Me dice que una llamadita puede cambiar mi vida. Pero me da la impresión que no es cierto y que me toma el pelo, ¡como si fuera tan sencillo! Ella pone punto y final a la programación nocturna, porque después empiezan los concursos ruidosos de ganar dinero fácil, y eso sí que no lo soporto ya.

En este instante me están pinchando los párpados. Creo que el sueño no tardará mucho en venir. Quiero recibirlo como se merece, con mi "postura de dormir", que ya os explicaré en otro momento.

Felices sueños, hasta mañana que ya es hoy.

Imagen: Flickrcc

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Mi vejiga no me deja vivir


Creo que tengo una vejiga hiperactiva. Lo he leído en Internet. Sé que este puede ser un primer paso para volverse en un ser hipocondriaco, y pensar que una tiene todos los síntomas de las enfermedades y dolencias que hay.

Pero lo cierto es que para mí supone un gran problema porque no me deja tranquila. Cuando más acomodada estoy, pongamos por caso, con mi portátil en la falda, me entran unas ganas imperiosas, que tengo que controlar del modo que sea, pero cuando llego al baño, ya ha pasado todo. No funciona el grifo abierto, ni que me concentre, ni que haga fuerzas, nada. Vuelvo de nuevo a reiniciar mi actividad, pero a los tres minutos se repite la escena. Normalmente, a los cinco intentos, por fin lo consigo, después de un cabreo y un cansacio supino. Otras veces, me desespero y me acuesto, con la esperanza de poder orinar en la cuña (orinal de cama), porque la tengo a mano. Y ahí lo consigo con más facilidad.

Lo peor de esto son las salidas. Me aterra que se vaya acercando la hora de tener que acudir a una cita, y que no haya podido descargar mi vejiga. O salir a pasear sin saber dónde hay un baño adaptado que yo pueda usar en un momento dado.

En fin, que éste es un efecto más de mi problema lumbosacro.

martes, 24 de noviembre de 2009

Ya he empezado a notar frío


De nuevo se aproxima el invierno, aunque sigo viendo gente en manga corta, parece que este año se ha vuelto loco el tiempo.

Todavía duermo con los pies calientes, pero ya he comenzado a no tolerar el frío. Comienza el frío nervioso, que yo le llamo. Se hace incontrolable durante unos minutos que, a mí se me hacen eternos, hasta que comienzo a controlar mi respiración y pido que me abracen. Cuando estoy sola, me abrazo yo misma y me abrigo todo lo que puedo.

Dicen que la intolerancia al frío es uno de los síntomas del síndrome postpolio. A mí no me han diagnosticado esa enfermedad, pero tengo el presentimiento que la padezco desde hace algún tiempo.

Te regalo un sueño, tú decides cuál